Viaje a Ámsterdam (22 – 26 agosto de 2017)

¡Qué ganas tenía de volver a escribir un post!

Pues, tal y como indica el título de esta entrada, hoy vengo a hablaros de mi experiencia en la maravillosa ciudad de Ámsterdam.


Muchas habían sido las personas que me habían hablado del encanto de los Países Bajos, lo que hacía que este destino ocupara un lugar bastante alto en mi lista de “sitios por conocer”. Finalmente y casi de casualidad (tras mirar miles de destinos que nos viniesen bien a ambas), mi amiga Balbina (residente en Tenerife) y yo, conseguimos cuadrar sendos vuelos para vernos directamente en Ámsterdam.

En cuanto al alojamiento, buscando en Booking.com encontré una buena oferta en el Aston City Hotel, que me convenció por dos razones. Primero, el precio, 382 € por 4 noches (sin desayuno, pero en agosto y comparando con otros hoteles estaba bastante bien) y segundo, la ubicación, a unos 15 minutos del corazón de la ciudad, la Plaza Dam.

 

La entrada del hotel se encuentra en Stadhouderskade, 68 (foto de la derecha), aunque la recepción se encuentra en otro edificio (la foto de la izquierda) situado en el número 76 en esa misma calle. A pesar de que en los comentarios de Booking mucha gente se quejase de que la recepción se encontraba en otro edificio, lo cierto es que están muy cerca, ni a un minuto andando uno del otro.
La zona cuenta, además con paradas de tranvía muy cercanas, la 24, por ejemplo, es la que conecta con la estación de trenes y autobuses y la que te transporta directamente al centro.

En cuanto al planning, como siempre, llevábamos un croquis de lo que queríamos hacer, pero siempre siendo flexibles y no queriendo abarcar mucho en poco tiempo. Íbamos a relajarnos y no a estresarnos…

Día 1: Llegada y vuelta de reconocimiento

Tras aterrizar en el aeropuerto de Schiphol, tuve que esperar a mi compañera de aventuras durante casi una hora y media y, la verdad, he de decir que la espera no se me hizo nada larga. Tuve mucho entretenimiento, pues el aeropuerto de Schiphol es un auténtico centro comercial , de hecho, en cuanto a viajeros es el quinto aeropuerto de Europa y el decimocuarto del mundo. Me sorprendió su tamaño y el tránsito de viajeros de un lado para otro… no olvidéis que vengo de una ciudad de poco más de 100.000 habitantes, por lo que mi vena “cateto a babor” sale de vez en cuando.

 

Para llegar a la estación de trenes, Amsterdam Centraal, se puede tomar uno directamente desde el aeropuerto. Se venden en unas máquinas expendedoras (fáciles de ver). El tema es que SÓLO ADMITEN MONEDAS, así que os aconsejo llevar ya suelto de casa esos 5,20 € (4,20 € más 1 € de impuestos). El trayecto dura unos 15-20 minutos.


Aunque el trasporte por excelencia en la ciudad de Ámsterdam es la bicicleta, si no os atrevéis a coger una, la otra forma más fácil de recorrer la ciudad es, sin duda, el tranvía. Existe la posibilidad de comprar distintos tipos de billetes, válidos para 1, 24, 48, 72 hasta 168 horas, también existen tarjetas de transporte recargables. Los billetes de 1 y 24 horas se pueden comprar directamente al conductor del tranvía, el resto en máquinas expendedoras que se encuentran al salir de la estación central, aunque a nosotras nos resultaron un poco liosas…
Otro detalle es que al entrar al tranvía hay que pasar la tarjeta por una máquina situada en la puerta, es lo que se llama hacer check in, pero también hay que pasarla al salir, es decir, hacer check out. Se supone que si no haces check out la puerta no se abre… digo se supone porque siempre vimos como la puerta se abría antes de hacer el check out. Aquí podéis encontrar más información sobre el transporte público en Ámsterdam.

Tras familiarizarnos un poco con el transporte, fuimos directas a soltar las maletas y descubrir nuestra habitación en el hotel. Pequeña, como ya esperábamos, pero ideal para descansar y reponer energías.

 

Una vez asentadas nos dispusimos a dar la primera vuelta de reconocimiento y buscar un lugar para cenar, adaptándonos al horario local en el que la cena suele hacerse sobre las 20.00 h.

Nuestra primera parada fue Bloemenmarkt, o el mercado de las flores, al que llegamos caminando en 15 minutos. Se trata de un mercado flotante, aunque apenas te das cuenta de la sensación de estar sobre el agua. Fue fundado en 1862 y su ubicación a orillas del canal responde a las necesidades de la época, en la que el transporte de flores se hacía por vía marítima.

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Tulipanes en Bloemenmarkt

Merece la pena perderse en sus puestecitos de flores, llenos de tulipanes de todos los colores y materiales, además de souvenirs, bulbos y semillas de todas las plantas que puedas imaginar. A nosotras nos pilló en agosto, pero en la época de florecimiento de los tulipanes debe de ser impresionante.

Cuidado con la hora de cierre, acostumbradas al horario español, nos sorprendimos al ver que la mayoría de establecimientos y monumentos cierran a las 17:30 – 18:00. En particular, el mercado cierra a las 17:30 y está abierto todos los días.

Tras la parada, continuamos dando un paseo siguiendo el canal, disfrutando de las calles y casas, tan diferentes a los paisajes urbanos a los que estábamos acostumbradas, y ya en busca del sitio elegido para cenar. Nos apetecía sumergirnos ya de lleno en la cultura holandesa y degustar un menú típico de la zona, así que, previa recomendación de un amigo (¡gracias Jaime!), el sitio elegido fue el Café Sonneveld.
El restaurante en cuestión se encuentra situado en el barrio del Jordaan, en Egelantiersgracht 72 74, muy cerca de la Casa de Ana Frank.

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Me pareció un sitio bastante acogedor, con su luz tenue y decoración en madera, con las paredes repletas de fotos antiguas. El personal es muy agradable e incluso nos hablaron un poco en español y nos ofrecieron la carta en nuestro idioma.

Aparte de unas cervezas de la zona para abrir estómago (riquísimas), el menú que elegimos fue hutspot, una albóndiga bastante grande sobre un puré de patatas y zanahoria con una salsa que estaba exquisito (plato de la izquierda). También estaba la opción de cambiar la albóndiga por una salchicha gigante, plato más típico aún de la zona. Las bittenballen, que son básicamente unas bolas de carne que vienen acompañadas con una salsa de mostaza (plato de arriba a la derecha) y unas croquetas de queso. Todo nos salió por unos 35 €. Muy recomendable.

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Menú en Café Sonneveld

Después de la cena, decidimos bajar la comida dando una vuelta hacia el centro, aunque antes pasamos por delante de la Casa de Ana Frank, para la que nos había sido imposible sacar tickets online aún habiendo mirado tres semanas antes… Sin embargo, me habían chivado que si te ponías en la cola a última hora (cierra a las 22:00 h) era posible conseguir entrar. Así lo hicimos, nos pusimos en la cola una hora antes del cierre y cuando nos quedaban unos 30 minutos para entrar el chico nos anunció que se liberaban entradas para el día siguiente a las 11:00 h. Para nosotros era imposible puesto que teníamos ya otro plan, pero si no conseguís entradas online, no desesperéis ni os pongáis en cola como nosotras, pues sobre las 20:30 en la web suelen liberar siempre entradas para el día siguiente y también a primera hora, a las 8:00 h se suelen liberar también huecos.
Por lo que finalmente decidimos quitarnos de la cola, intentar conseguir entradas para otro día y dirigirnos a la plaza Dam para luego adentrarnos en el famoso Barrio Rojo. Había escuchado tantas veces hablar de él que me picaba mucho la curiosidad verlo de noche y poder comparar al día siguiente a la luz del día. Por las descripciones que siempre había escuchado, me lo imaginaba como un sitio muy diferente de día y de noche, y nada más lejos de la realidad. Pero ya os hablaré de él y las sensaciones que me causó más adelante…

Día 2: Museo Van Gogh y Free Tour

El segundo día madrugamos para dirigirnos al Barrio de los Museos o Museumplein, su nombre se debe a que los tres museos más importantes de ciudad se encuentran allí: el Rijksmuseum, el Museo Stedelijk de Arte Moderno y el Museo van Gogh, además de las famosas letras I Amsterdam donde debes hacerte la foto de rigor si es que visitas estas tierras.
Nosotras fuimos andando, pues nos encontrábamos bastante cerca, pero si no es tu caso desde la estación central puedes tomar los tranvías 2 o 5.

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Famosas letras I Amsterdam en Museumplein, frente al Rijksmuseum

Nuestro destino concreto fue el Museo Van Gogh. Os recomiendo que saquéis los tickets con antelación para saltaros las colas, las entradas las compré en la web Get Your Guide y salen a 17 € cada una.
La colección permanente del museo, está dividida en cinco etapas, que se corresponden con los lugares de residencia de Vincent Van Gogh: Holanda, París, Arles, Saint Rémy y Auvers-Sur-Oise. Cuenta con tres plantas donde se pueden ver más de 200 obras originales (también obras de otros artistas como Breton, Manet, Millet, Monet o Signat), 500 dibujos, 750 documentos escritos (cartas a su familia) y la colección de grabados japoneses del artista. Durante el recorrido se hace un repaso a la vida del artista y a su obra en orden cronológico.
Resulta curioso el hecho de que el artista comenzase a pintar de manera tardía a los 27 o 28 años, muriendo a los 37 y dejando más de 900 obras. Antes de su muerte, Van Gogh solo habría vendido un cuadro, de hecho, murió pensando que su obra habia sido todo un fracaso. Si pudiera levantar la cabeza vería que el museo dedicado íntegramente a su persona es el más visitado de la ciudad y uno de los más famosos del mundo.

Entre las obras más populares del artista, en este museo puedes encontrar: Los girasoles, varios autorretratos de Van Gogh, Los comedores de patatas, La habitación en Arles, Trigal con cuervos o El almendro en flor.

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Realmente este cuadro es una serie, hay siete cuadros similares, lo único que varía es el número de girasoles que aparece en el jarrón, en Ámsterdam se conserva uno de ellos, otro en Tokio, Múnich, Filadelfia y Londres, dos de ellos han desaparecido

Si vas en busca de La noche estrellada, en mi caso mi obra favorita, tendrás que desplazarte al museo MoMA de Nueva York… todo se andará.

Después de la visita al museo, decidimos contratar un crucero por los canales de Ámsterdam. Justo en Museumplain y en numerosos puntos de la ciudad podéis encontrar establecimientos de la empresa Tours & Tickets, que ofrecen diversos tours por la ciudad y alrededores a buenos precios. En nuestro caso, el crucero de una hora y media nos salió por 16 € con la opción de combinarlo con otras actividades, nosotros contábamos con pocos días con lo que decidimos solo quedarnos con el paseo en barco. Durante el mismo, se van recorriendo los canales principales de Ámsterdam, a la entrada te reparten unos auriculares y puedes oír la historia de la ciudad en tu idioma combinado con algunas anécdotas que va contando el conductor del barco en inglés, holandés y alemán. El recorrido se hace muy ameno y es una actividad que considero indispensable si estás en esta ciudad.

De entre las curiosidades más reseñables, me llamó la atención la historia del agua… Ámsterdam creció literalmente sobre el mar del Norte, y el agua es contenida por diques monumentales, de otra forma la ciudad quedaría completamente sumergida. El propio rey de los Países Bajos estudió Ingeniería de Aguas.

Dios creó el mundo, y los holandeses crearon Ámsterdam

La segunda curiosidad son las fachadas de las casas: en Ámsterdam antiguamente los impuestos se pagaban dependiendo de la anchura de las fachadas, con lo cual es fácil observar qué casa pertenecía a una familia adinerada o no. Otro hecho destacable es que algunas casas se encuentran literalmente dobladas, debido al terreno fangoso en el que se encuentran los cimientos y los holandeses inventan verdaderas locuras y mecanismos para evitar que acaben hundidas. Por último, me llamó la atención la inclinación de algunas fachadas, que se construían así para evitar que los muebles chocasen contra ellas durante las mudanzas, ya que se subían a la casa mediante unas cuerdas que se enganchaban a un gancho que poseen la mayoría de las casas en su parte más alta. Debido a la estrechez de algunas fachadas, esta era la única forma de subir los muebles a casa.

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Vista desde el barco

Tras el crucero, decidimos dirigirnos a Leidseplein, pues la describían como una de las zonas con más vida de Ámsterdam en cuanto a ocio y restaurantes. Allí, tomamos una Heineken y almorzamos en el Hard Rock Café, que si ya suele ser caro en cualquier lugar, en Ámsterdam, más. Un plato de nachos, una hamburguesa y dos cervezas (Heineken, of course) por 45 €, para compartir es suficiente y el plato de nachos es enorme y espectacular.

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Nachos Hard Rock Café

Después del almuerzo nos dirigimos hacia la plaza Dam donde habíamos reservado un Free Tour con la compañia White Umbrella. Lo cierto es que yo nunca había oído hablar antes de lo que era un Free Tour, por si vosotros tampoco, se trata de un recorrido a pie por la ciudad con un guía, que te va contando un poco la historia de la misma y te lleva a los sitios más señalados (en particular el nuestro incluía un recorrido por el centro de Ámsterdam y el Barrio Rojo), al final del tour, dependiendo de lo que te haya gustado, das una propina al guía… incluso puedes no darle nada si no te ha gustado demasiado.

Me gustaría comentar una de las paradas que hicimos durante el recorrido: Begijnhof.
Se trata de un conjunto de casas fundado en 1346 para albergar a las beguinas, una asociación de mujeres cristianas y solteras que se dedicaban a trabajos de caridad y no, no eran monjas ni nada por el estilo. Como curiosidad, en el número 34 de este curioso vecindario se encuentra la casa más antigua de toda la ciudad.
Dentro del vecindario se encuentra también la Capilla de Begijnhof, que desde el exterior tiene la apariencia de dos casas normales y fue la primera iglesia clandestina de la ciudad.
Se trata de un lugar que inspira tranquilidad. La entrada es totalmente gratuita, pero cuidado con la hora de cierre, las 18:00 h.

Supongo que esto del Free Tour depende mucho del guía que te toque, en nuestro caso fue un chico madrileño, Álvaro, que nos alegró el recorrido con su carácter jovial y su buen rollo. Como propina decidimos darle 10 € cada una.

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Grupo Free Tour White Umbrella

Hicimos tan buenas migas con él que, tras el recorrido, decidimos irnos con parte del grupo a tomar unas cervezas por el Barrio Rojo, que se alargó a una cena y a una visita a uno de los múltiples Coffee Shops repartidos por Ámsterdam. El elegido, recomendación del guía, fue el Greenhouse, en pleno Barrio Rojo. Supongo que es una actividad obligatoria ir a un Coffee si te encuentras en Ámsterdam… cuidado con pasarte con los famosos muffins o space cakes, puede que al comerlos no sientas nada, pero sus verdaderos efectos aparecen aproximadamente a la hora y media.

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Coffee Shop Greenhouse

Ahora sí, ha llegado el momento de hablaros del Barrio Rojo… Lo primero (y más sorprendente) es que los famosos escaparates con luces rojas se encuentran alrededor de la iglesia más antigua de Ámsterdam, Oude Kerk. Siempre existió buena relación entre las prostitutas y la iglesia, y no es mi intención escandalizaros, pero tras pasar meses fuera de casa, los marineros que llegaban a Ámsterdam decidían pasar por este barrio en busca de “calor humano”, tras pecar, era muy normal que acudieran a la iglesia a confesarse… o incluso confesaban el pecado antes de cometerlo para obtener la bendición del sacerdote. Los famosos escaparates empezaron a utilizarse alrededor del siglo XV.

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A la derecha, Oude Kerk. A la izquierda, los famosos escaparates

Resulta bastante impactante ver a las señoritas en los escaparates, que están separados por zonas: la zona de las mujeres de color, asiáticas… y si ves una luz azul en vez de una roja, se trata de una señorita que antes había sido un señor (aunque no abundan y están más escondidas). Si ves una cortina echada, significa que la señorita se encuentra trabajando en el interior. Me llamó la atención la belleza de las chicas, la mayoría tienen cuerpos de modelo, aunque casi te da cosa mirarlas… Hay un verdadero entramado de calles repletas de luces rojas, incluso callejones estrechísimos, por los que solo cabe literalmente un cuerpo.
La cosa cambia de día, sin las famosas luces rojas, aunque los escaparates siguen en funcionamiento.

Dos cosas sobre el Barrio Rojo: es un lugar totalmente seguro por las noches, aunque no lo recomiendo los fines de semana por la tremenda afluencia de personas, y no hagas fotos a la chicas, recuerda que están trabajando y respétalas.

Y una última recomendación, si quieres probar buena comida tailandesa y a buen precio, no puedes dejar de visitar el restaurante The Bird, situado en Zeedijk 72 74.

Día 3: Casa de Ana Frank y Zaanse Schans

Finalmente, pudimos conseguir entradas para la Casa de Ana Frank estando atentas a la web a última hora del día, normalmente liberan tickets para entrar en la casa a las 12:00 y a las 15:30, así que si no habéis podido sacarlos online, ni desesperéis ni se os ocurra colocaros en la cola que es interminable desde primera hora de la mañana. En la fecha que fuimos, el horario era de 9:00 a 22:00 h, aquí puedes encontrar más información sobre los horarios en cada época del año.
Nosotras entramos en el turno de las 12:00 y vale con enseñar el ticket directamente desde el móvil. La entrada sale 9,50 € y la visita dura aproximadamente una hora, un precio bastante asequible para toda la historia que guarda esta casa en su interior, e incluye una audioguía en español que te permite seguir el recorrido mientras te va contando toda la historia de la familia Frank.

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Resulta impactante vivir de primera mano toda la historia y estar justo en el sitio donde dos familias vivieron escondidas durante dos años, en habitáculos mínimos y sin poder hacer ruido. La historia es sobrecogedora, si te has leído el libro aún más. Visita totalmente recomendable.

Otro de los descubrimientos que nos trajo la Casa de Ana Frank fue encontrarnos justo en frente con el Museo del Queso. Para una adicta al queso como yo resultó la entrada al mismísimo paraíso y la promesa de volver para llevarme algún “recuerdo” a casa. El personal es encantador y puedes probar toda clase de quesos holandeses. Realmente es una tienda, y en la parte inferior alberga un pequeño museo, la entrada al mismo vale 1 €. Nosotras no entramos, decidimos quedarnos en la parte superior disftrutando de los sabores y olores.

Después de la visita a la casa, decidimos hacer caso a otra de las recomendaciones de Jaime y visitar una pastelería, Van Stapele, justo al lado de Begijnhof, donde se hacen unas deliciosas galletas caseras de chocolate rellenas de chocolate blanco, que se venden recién hechas a 2 € la unidad. Las mejores de todo Ámsterdam, dicen. Mirad qué pinta:

Yo me llevé a casa la caja azul que veis en el escaparate por 15 € con 6 galletas. Para poder comerlas en casa es necesario calentarlas antes en el horno durante 2 minutos, para que el chocolate blanco se derrita en el interior y queden como recién hechas… un vicio.

Tras la recarga de energía y calorías decidimos salir un poco por los alrededores de Ámsterdam. La recomendación era visitar los pueblos de Volendam, Marken y Edam, que se incluían en un mismo ticket de bus o ir a Zansee Schans, el pueblo de los molinos. Finalmente, por no abarcar demasiado y disfruatr de la estancia decidimos irnos solo a Zansee Schans, el pueblo que me habían señalado como imprescindible.

Para llegar a él, salen regularmente autobuses desde Amsterdam Centraal, el billete cuesta 7 € ida y vuelta, el autobús es el 391 y hay que cogerlo en la parte superior de la estación. El trayecto dura aproximadamente 40 minutos.

Podría decirse que llegamos al típico pueblo holandés que yo me había imaginado. El principal atractivo son los gigantes molinos situados a orillas de un río. La mayoría de ellos tiene más de 200 años y aún se encuentran en uso, se puede incluso entrar dentro por 1 €.

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Molinos en Zansee Schans

En la parte más turística, a la entrada del pueblo, hay una tienda de quesos (donde nos comimos un sandwich de queso que estaba riquísimo) y otra dedicada exclusivamente a los zuecos, incluso con demostraciones en directo sobre el proceso de fabricación.

Merece la pena dar una vueltecita por este pintoresco pueblecito situado solo a 15 km de Ámsterdam.

Día 4: Brujas

Nuestro último día completo por tierras holandesas, decidimos pasarlo precisamente fuera de ellas…
La compañía Tours & Tickets, la misma con la que hicimos el crucero por los canales, ofertaba un día completo en la ciudad de Brujas por 95 € con traslado de ida y vuelta y guía en español incluido, con una duración de 12 h. El plan nos convenció, teníamos muchas ganas de conocer también un poco del país vecino, así que nos embarcamos a la aventura.

La excursión se hace en autobús y el trayecto dura unas tres horas, en principio puede parecer una locura perder 6 horas del día en un autobús, pero el resultado merece totalmente la pena. Salimos a las 9:30 h de Damrak 26, donde se encuentra el local principal de la empresa, muy cerca de la estación central.
Nuestro guía nos amenizó el trayecto contándonos muchas cosas sobre la historia de Ámsterdam y la ciudad de Brujas, y he de decir que no se nos hizo largo por este motivo. Al llegar a Brujas, sientes como si te transportases al medievo, y más aun cuando empiezas a caminar por sus calles observando las casas de piedra y escuchando los cascos de los caballos golpenado contra el suelo.
El recorrido por la ciudad se hace a pie, el guía ofrece una visión global pasando por los lugares más emblemáticos:

  • El Parque Minnewater con su Lago del amor que parece directamente sacado de un cuento:
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Lago del amor
  • El Begijnhof de Brujas, más grande que el de Ámsterdam, pero mucho menos acogedor.
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Begijnhof
  • Grote Markt, sin duda uno de los lugares más emblemáticos y bellos de la ciudad. Es la estampa típica cuando piensas en la ciudad de Brujas, se trata de la plaza del mercado, que destaca por las típicas casas coloridas y que alberga el campanario (Belfort), del siglo XII, y el mercado cubierto (Hallen). Es el centro neurálgico de la ciudad y fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
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Grote Markt
  • La Plaza Burg, que alberga el Ayuntamiento, la Basílica de la Santa Sangre y el Palacio de Justicia.
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    Plaza Burg

    La fachada de la Basílica de la Santa Sangre es una auténtica maravilla, llaman la atención los ornamentos dorados que representan a caballeros medievales.
    El principal reclamo de este monumento y que le da precisamente su nombre, es la reliquia que guarda en su interior y que dice albergar la mismísima sangre de Cristo. Ésta se muestra a partir de las 14:00 h, la entrada es gratuita y se hace cola para poder pasar frente a ella e incluso tocarla.

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Fachada de la Basílica
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Interior de la Basílica
  • Hospital de San Juan, se encuentra frente a la Iglesia de Nuestra Señora, en la que no entramos, pero que contiene una escultura de Miguel Ángel conocida como la Madonna de Brujas.
    En cuanto al hospital, era la institución de salud más importante de la Brujas medieval y es uno de los hospitales más antiguos de toda Europa. En la actualidad funciona como museo y sala de conferencias.
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Hospital de San Juan
  • El puente San Bonifacio es, seguramente uno de los rincones más bellos y románticos de Brujas, se encuentra a espaldas de la Iglesia de Nuestra Señora. Sin duda, este lugar esconde la esencia medieval de la ciudad, con las fachadas de ladrillo y madera situadas a ambos lados del canal. Podría pensarse que el puente fue construido durante la Edad Media, pero, en realidad, data de principios de siglo XX.

Y tras la parte monumental, aprovechando las dos horas de tiempo libre que nos ofrecieron, nos sumergimos en la parte gastronómica de la cultura belga. Hablar de Brujas es pensar, automáticamente, en tres cosas: Gofres (waffles), cerveza y chocolate, y a eso fuimos. En cuanto a los gofres, existen multitud de establecimientos donde se pueden adquirir y colocar encima cualquier cosa imaginable, he aquí el nuestro:

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Típico gofre belga

En cuanto a la cerveza, en nuestro paseo por la ciudad nos encontramos con un sitio que nos encantó, estaba cerca del centro pero alejado del bullicio turístico, contaba con una grandísima variedad de cervezas y un patio muy acogedor donde pudimos sentarnos a degustar dos de ellas. El nombre del bar no sé exactamente cuál es, pero se encuentra en el 27 Katelijnestraat, en la misma calle del Hospital de San Juan.

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Cervezas everywhere
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Terraza del bar

Para la elección de la cerveza nos ayudó una simpática camarera y lo curioso es que en Brujas la cerveza siempre es servida en copa, más aún, la copa lleva siempre el nombre de la cerveza que te estés tomando.

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Esta fue mi elección, Brugse Zot, una cerveza local suave y afrutada que me encantó. Su precio: 4 €. Mi amiga optó por una más fuerte Straffe Hendrick (4,50 €), cerveza triple también local de sabor más intenso y mayor graduación que me gustó un poco menos.

En cuanto al chocolate, tampoco os será difícil encontarlo, de todos los tamaños y formas que puedas imaginar.

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En resumen, Brujas es de esos sitios de ensueño a los que tienes que ir aunque sea solo una vez…

Día 5: Despedida y vuelta a casa

Llegó nuestro último día en la ciudad y, tras dejar la habitación del hotel, quisimos despedirnos de la ciudad tomando el típico desayuno holandés consistente en tres huevos fritos, sobre dos rebanadas de pan con queso y jamón cocido (por supuesto compatimos).
El lugar nos lo encontramos de casualidad en nuestro camino a la estación, el Café de Bazel y el plato en cuestión por 10,50 € fue el siguiente:

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Típico desayuno holandés

Y para poner punto final a nuestra aventura holandesa no podía faltar el plato estrella, las famosas patatas con mayonesa:

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Parafraseando a Vincent Vega en Pulp Fiction: “Las empapan en esa mierda”

Hasta aquí el post sobre mi viaje del verano, un poco tarde, sí, pero ya lo dicen… más vale tarde que nunca.

¡Espero que nos leamos pronto!

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Excursión de un día a Tánger con la empresa FRS

¡Hola de nuevo! Hoy vengo a contaros mi experiencia con la empresa FRS y sus excursiones organizadas de un día a Marruecos. Y desde ya os anticipo que lo que os voy a contar no es muy positivo.

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Entre las muchas maravillas de vivir en Cádiz, se encuentra la posibilidad de poder pisar el continente africano en tan sólo un par de horas de viaje, así que mis amigas y yo (un total de seis chicas) decidimos lanzarnos a pasar un día en Tánger. Según estuvimos leyendo en Internet, existen varias empresas que ofrecen este tipo de excursiones organizadas de un día. En nuestro caso, finalmente elegimos hacerlo con la empresa nombrada, que ofrecía dos tipos de excursión a Tánger:

  • Tánger Basic 1 día por 49 €

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  • Tánger Cultural 1 día por 59 €

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Por una una diferencia de tan solo 10 € pensamos que la segunda opción (Tánger Cultural) resultaba más completa y llamativa, así que la reservamos vía e-mail y la pagamos mediante transferencia bancaria (también es posible hacerlo pagando con tarjeta de crédito, pero la opción de la transferencia me pareció más segura). La respuesta a los correos electrónicos fue siempre rápida, pero en el momento de hacer la transferencia y recibir el pago dejaron de responderme a un e-mail en el que yo preguntaba si era necesario tener pasaporte o valía simplemente con el DNI en vigor. No di importancia en principio a la falta de respuesta y decidimos preguntar por teléfono por si acaso. Puedes viajar solo con el DNI, al estar incluido dentro de una lista de pasajeros, si quieres ir por tu cuenta, sí necesitas pasaporte.

Llegamos al día elegido y nos desplazamos a Tarifa. Nuestro ferry salía a las 11 y pensábamos que íbamos con tiempo (de San Fernando a Tarifa hay aproximadamente 1 hora), pero al llegar a Tarifa y tras serios problemas con el aparcamiento, llegamos a la ventanilla a las 10:55 h con el papel de la reserva en la mano y casi sin aire. Justo delante de nosotras, dos personas también habían llegado justas de tiempo y recogían sus billetes antes de salir corriendo al ferry, el muchacho de la ventanilla nos tranquiliza diciendo que “ahora nos atiende” y justo cuando llega nuestro turno (siguen siendo las 10:55) su simpática compañera cambia el cartel de salida de las 11:00 h por el de las 13:00 h y nos grita (sí, grita) en nuestras narices que el embarque está cerrado. Tras una conversación poco agradable, la chica nos dice que para embarcar hay que estar 45 min antes (información que nunca nos dieron en los diversos e-mails que intercambiamos) y que el embarque cierra 5 min antes de la salida.

Reconocemos, evidentemente, que llegamos un poco apuradas de tiempo, pero el trato desde luego dejó bastante que desear. Quitarnos un cartel en plenas narices y a gritos no creo que sea un buen trato al cliente precisamente. La cosa se agrava cuando relleno una hoja de reclamaciones y desde la ventanilla me dicen que esa hoja “irá a una montaña de papeles en la oficina”, tirando por tierra todos los derechos del consumidor.

Tras varios minutos de “conversación” deciden ofrecernos una alternativa (a todo esto son ya casi las 11:30 y el ferry sigue en el puerto sin poder salir por niebla y problemas técnicos), ya que ese el único día que podemos realizar la excursión, nos ofrecen cambiar el viaje contratado, Tánger Cultural, por el de Tánger Basic, alegando que casi la misma excursión por 10 € menos (la diferencia nos la devuelven en 15 días a la cuenta bancaria desde la que se ha realizado el pago anterior). Como es nuestra única opción, la aceptamos (el ferry sigue sin salir de puerto y finalmente lo hace a las 11:50 h, 55 minutos más tarde de nuestra llegada al puerto). Finalmente partimos hacia Tánger a las 13:00 h (hora española, en Tánger hay una hora menos) con hora prevista de vuelta a las 18:00 h, hora de Tánger, o 19:00 h hora española.

Una hora más tarde (por fin) nos encontrábamos en Tánger, junto al resto de personas que formaban parte de nuestro grupo (creo que éramos unos 14) así que mejor olvidar el mal trago y empezar a disfrutar del día. A nuestra llegada al puerto de Tánger nos recibe la que se hace llamar nuestra “asistente de viaje”, Cristina, la cual nos presenta al que será nuestro guía, un señor de origen marroquí que habla español e inglés.

Nuestra primera parada es frente a las murallas de la Kasbah, o la vieja medina de Tánger, en la que nos adentramos a paso ligero con nuestro veloz guía, que no nos deja pararnos siquiera a tomar una foto. Impresionan esas calles tan estrechas donde se mezclan humildes casas que, con sus puertas abiertas a la calle nos permiten disfrutar de una gran variedad de olores típicos, con minúsculos talleres repletos de trastos, donde trabajadores (hombres, en su mayoría) realizan trabajos artesanales.

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Medina, Tánger (Marruecos)

A paso ligero, llegamos al restaurante para degustar el típico almuerzo marroquí incluido en la excursión (las bebidas no se incluyen, pero puedes pedir cerveza o vino por 2,50 € y agua por 2 €). La decoración era típicamente árabe, con sus arcos y azulejos que recordaban a los patios andaluces y de la música ambiente se encargaba un grupo de simpáticos músicos que se ganaron con creces su propina.

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Grupo de músicos del restaurante

El servicio es rápido, por no decir rapidísimo, tanto que te sirven un plato sin haber acabado aún el anterior, supongo que para que la mesa quede pronto libre para un nuevo grupo de turistas. En cuanto al menú, consistía en una sopa árabe con un ligero sabor picante y un toque de canela:

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Un pincho moruno:

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Un plato de cous cous con verduras y pollo:

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Un postre que me recordaba mucho a los pestiños navideños y que me encantó, a pesar de no ser muy amante de los dulces:

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Y, para rematar, un té moruno, que en mi caso tuve que dejar entero pues nuestro guía vino a recogernos para seguir con la visita y tuve que elegir entre ir al baño o tomarme el té. En total tuvimos unos 30 minutos para degustar un aperitivo, primer plato, segundo plato, postre y té… La comida estuvo aceptable, pero lo que se dice disfrutar de ella no nos dio mucho tiempo…

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A esto eran ya casi las 15:00 h (hora de Tánger) con lo que nos quedaban 3 horas para poder descubrir las maravillas de la ciudad de Tánger… O eso creíamos…

Nuestro guía os indica que vamos a ir a una “galería de arte” que resulta ser un bazar donde se vende cerámica y en el que varios hombres te van persiguiendo, por si te ven interesado en algún artículo y consiguen endosártelo tras el tradicional regateo.

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Tras dar una vuelta por el bazar, nos lleva según él a ver más arte, que traducido a nuestro idioma resulta ser a una tienda de alfombras, donde varios hombres nos empiezan a sacar una gran variedad de alfombras que desean, por supuesto, vendernos.

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Cuando ya pensamos que de verdad vamos a ver algo de la ciudad, se produce para mí la parte más surrealista de la visita, nos llevan (solo a las mujeres del grupo) a una especie de parafarmacia, donde un marroquí comienza a sacarnos todo tipo de cosméticos: que si aceite de argán, que si rosa mosqueta… tras lo cual nos entregan unas bolsas de plástico y empieza una especie de subasta… “¿quién quiere crema corporal? ¿Quién quiere aceite para el cabello?”… Ya son las 16:30 h (en Tánger) y aún no hemos visto casi nada de la ciudad…

Cuando salimos de la parafarmacia nos prometen un poco de tiempo libre por el zoco, al menos podemos llevarnos un souvenir, pensamos… Pues bien, el tiempo libre consistió en 10 minutos, tras los cuales volvimos a salir corriendo hasta un autobús que nos esperaba para enseñarnos una vista panorámica de la ciudad de Tánger.

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Nos trasladan a lo que nos describen como El Barrio Rico y, tras una parada para hacernos una foto con unos camellos o dar una vuelta en ellos si queremos por 2 €, nos trasladan al puerto de Tánger para la vuelta en barco dando por finalizada la visita guiada, a las 17:15 h (hora de Tánger).

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A todo esto, nuestra “asistente de viaje”, Cristina, que no había aparecido por ningún sitio desde que nos dejaron en el restaurante, hace más de tres horas, hace su aparición con su brazo tatuado con henna y comenta que nos ha visto “pasar corriendo por el bazar mientras se tomaba un café y luego nos ha perdido de vista”.

Tras intercambiar impresiones con ella, nos dice que nos quedemos en la sala de espera del puerto y que la esperemos para subir al barco, que parte a las 18:00 h. En ese momento son las 17:30 h y decidimos esperar pacientemente hasta que dan las 17:45 h, momento en el que recordamos la experiencia de la mañana, donde no nos dejaron subir al barco por llegar 5 minutos antes de la salida… A lo lejos vemos a Cristina esperando a otro grupo y decidimos ir al barco por nuestra cuenta, para no quedarnos en suelo marroquí tal y como nos quedamos en suelo español por la mañana. Al intentar subir al barco, nos resulta imposible, pues algunas de mis amigas viajaban solo con DNI y necesitaban que la “asistente de viaje” estuviera presente para mostrar la lista de pasajeros.

En ese momento son las 17:58 (hora de Tánger) y 18:58 h (hora española) y aún no hemos subido al barco. Resulta entonces que sí se puede subir hasta 1 minuto antes después de todo…

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Cristina no aparece y aún no hemos subido al barco

Cristina llega y nos echa la bronca por no haberla esperado (muy amable también). Cuando le contamos nuestra experiencia de la mañana su respuesta es “esto no es España”, con un trato muy lejos de ser amigable.

Y hasta aquí nuestra experiencia… Fuimos a Tánger, sí, pero nos volvimos con la sensación de no haber visto nada de la ciudad y con la firme creencia de que los servicios que ofrece FRS son, cuanto menos, mejorables, sobre todo en lo que se refiere al trato al cliente.

Espero contaros pronto otra experiencia más positiva.

¡Hasta la próxima aventura!

Viaje al Algarve (5 – 8 de agosto 2016)

La idea de escribir un blog surge en este viaje por el Algarve que pasaré a contaros. Ya había pensado en hacerlo en varias ocasiones, pues al planear mis viajes lo que me resultaba de más ayuda eran las experiencias que contaban los demás. Finalmente, animada primero por mi cuñada Maika y después por mi prima María, me he decidido a hacerlo.

Este viaje por el Algarve ha tenido una duración de tres días y tres noches y he ido acompañada por mi prima María y su amiga Silvia. Ha sido una pequeña escapada que hemos podido permitirnos dada la cercanía de nuestro lugar de residencia, San Fernando (Cádiz), situado a unas 3 horas 45 minutos en coche del destino elegido para situar el campamento base, el pequeño pueblo de Lagos.

¿Y por qué Lagos?

Es una pregunta que los propios portugueses nos han hecho en múltiples ocasiones. Yo diría que Lagos mezcla ese encanto de pequeño pueblo pesquero, de casas bajas y calles tranquilas, con un animado centro de calles peatonales que, con su gran oferta de animación callejera, restaurantes, bares y pubs, ofrece multitud de posibilidades. Todo esto sin llegar a ser un destino agobiante en cuanto a la afluencia de turistas, ni tener la vida nocturna que ofrecen ciudades como Albufeira o Portimão.

Aparte de lo señalado anteriormente, lo que terminó de convencernos de que Lagos era nuestro sitio fue el alojamiento, que encontramos en Booking: Casa Sousa. Primero por su precio: una habitación cuádruple, tres noches, por 264 €, con cocina compartida y patio interiorsegundo por su ubicación: en pleno centro de Lagos, pero fuera del bullicio. Si buscas tranquilidad sin los lujos que pueden ofrecerte un hotel o un resort, este es tu sitio.

Antes de continuar me gustaría hablaros de los peajes. La carretera que recorre todo el Algarve (A22) cuenta con un sistema electrónico de peajes, es decir, no tienes que pararte a pagar sino que pasas por unos arcos que detectan la matrícula de tu coche. Se pueden pagar de dos formas, asociando la matrícula del coche a una tarjeta de crédito, de modo que cada vez que pases por los arcos te lo cargan a la tarjeta o bien comprando una tarjeta prepago. Nosotras optamos por la primera opción, ya que no sabíamos cuanto íbamos a gastar. Hay muchos peajes pero la mayoría no llega ni a un euro. Toda la A22 hasta Sagres, supondría unos 10 € de peajes en total.

Siguiendo con el viaje, tampoco lo llevábamos planeado de cabo a rabo, teníamos una pequeña idea de qué queríamos ver y hacer, pero siendo totalmente flexibles.

Día 1: Lagos

Tras encontrar nuestro alojamiento y hacer un almuerzo rápido allí mismo, nos dirigimos a una de las playas más famosas del pueblo de Lagos, la Praia de Dona Ana, una pequeña cala de acantilados rojizos y aguas cristalinas que nos enamoró al instante. Tiene un aparcamiento antes de la bajada, pero es pequeño, aún así no es muy difícil encontrar aparcamiento en las inmediaciones.

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Praia de Dona Ana

Una vez allí, pudimos observar que desde la propia playa salían embarcaciones en dirección Ponta da Piedade, otra de las maravillas que ofrece la región de Lagos, formada por acantilados y rocas que, debido a la erosión provocada por el agua, han formado con el paso de los años un paisaje inigualable. El paseo en barco cuesta 15 € por persona y dura unos 30 minutos. También se puede hacer la ruta partiendo del muelle del pueblo. En mi opinión, un imprescindible en la visita al Algarve.

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Paseo en barco por Ponta da Piedade

Día 2: Sagres

En nuestro segundo día en el Algarve decidimos trasladarnos al pueblo de Sagres, destino surfero por excelencia de esta zona de Portugal y situado a unos 35 minutos en coche desde Lagos. Ya en la carretera de entrada al pueblo se puede sentir el espíritu surfero, a mí me recuerda mucho a la entrada al pueblo de Tarifa, con las tiendas de surf situadas a un lado y otro de la carretera.

Nuestra primera parada fue la Fortaleza de Sagres, con sus imponentes acantilados azotados por las olas y el viento, ofrece una vista impresionante:

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Vista de la Praia do Tonel y el Cabo San Vicente (al fondo) desde la Fortaleza de Sagres

Si quieres entrar en la Fortaleza hay que pagar una entrada de 3 €, en nuestro caso decidimos no entrar y buscar algún sitio en el que pudiéramos degustar un menú típico portugués.

En la búsqueda de un buen restaurante nos topamos en la web con la recomendación del blog Guía y Blog de Viajes, el Restaurante Meridiano, situado en la carretera de entrada al pueblo y que encontramos rápidamente con la ayuda de San Google Maps. Allí pudimos degustar un riquísimo bacalao dorado y un arroz de marisco para dos personas (pero del que comen de sobra 3), todo ello acompañado de un vino blanco de la casa y que concluimos con un rico tiramisú casero. Todo por 53 €.

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Bacalao dorado
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Arroz de marisco

Tras el almuerzo, nos dirigimos a la Praia do Beliche, la más occidental y cercana al Cabo San Vicente y una de las preferidas para la práctica del surf. Destacan en ella sus grandes acantilados, la vista del cabo y las grutas que se llenan de agua al subir la marea, dejando un paisaje precioso. Para acceder a ella hay que bajar (¡y luego subir!) una larga escalinata de piedra que se va complicando cada vez más, por lo que si piensas ir muy cargado o con niños no es la más aconsejable.

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Gruta en Praia do Beliche

Recomendación personal: Vale la pena pararse a tomar una cerveza (2,50 €) en el chiringuito situado al final de la escalinata, disfrutando de las vistas y de esos olores que salen de la barbacoa. No comimos allí, pero el pollo a la brasa tenía una pinta…

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Vistas desde el chiringuito

Desde allí nos dirigimos a nuestra última parada en Sagres: el Cabo San Vicente, para contemplar la puesta de sol. En la antigüedad, se pensaba que el Cabo San Vicente suponía el fin del mundo y que no había tierra más allá, y no me extraña, vale la pena contemplar cómo el rojo sol parece hundirse en aguas del Atlántico.

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Cabo San Vicente
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El sol y el Océano Atlántico

Recomendación personal: La puesta de sol es casi un ritual en este punto de Portugal por lo que aconsejo, primero, llegar relativamente pronto para coger un buen sitio, y segundo (y más importante) llevar ropa de abrigo, sí, abrigo. Aunque durante el día te hayas derretido de calor, te aseguro que aquí vas a necesitar una buena sudadera para no pasarlo mal mientras el sol se va escondiendo.

Día 3: Praia da Marinha (Lagoa) y pueblo de Carvoeiro 

En nuestro tercer día (y último) en el Algarve nos dirigimos hacia  Lagoa, concretamente a la Praia da Marinha, a unos 40 minutos en coche desde Lagos. Para mí, la playa más bonita del Algarve. Ya había tenido la oportunidad de conocerla 5 años atrás, pero es una playa que nunca deja de sorprenderme. Sigue teniendo la estructura habitual de las playas del Algarve, con sus enormes acantilados y grutas, pero el toque especial se lo dan los dos arcos que la caprichosa naturaleza ha querido formar entre sus piedras.

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Praia da Marinha

Recomendación personal: Para los más aventureros, y si la marea lo permite, recomiendo acercarse a los dos arcos, escalando un poco entre las rocas, para contemplarlos desde cerca.

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Detalle arcos en Praia da Marinha

Tras pasar la mañana en la playa, decidimos dirigirnos al pueblo de Carvoeiro, situado a 15 minutos, para almorzar.

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Carvoeiro

Se trata de un pequeño pueblo situado en un acantilado sobre el mar que a mí personalmente me sorprendió por su belleza y por un momento me trasladó a las costas italianas. También quedé sorprendida por la presencia de tantos turistas. En definitiva, un pueblo con mucho encanto que bien podría haber sido nuestro campamento base.

En la búsqueda de un restaurante para comer, Internet no nos dio mucha información, así que al final decidimos optar por uno situado en el centro y a pie de playa, el restaurante O Barco. El servicio fue un poco lento y, dada la ubicación, esperábamos que no fuera muy barato. Pedimos una ensalada mixta (4,50 €), que en Portugal siempre suele llevar pepino, un plato con seis sardinas a la plancha (12 €) y un plato de pollo al piri piri (11 €), una salsa típica portuguesa apta para los amantes del picante, aunque en este caso a nuestro pollo le faltaba mucho piri piri. Acompañamos la comida con cervezas Sagres (4,40 € cada una) y una riquísima sangría de vino blanco (15 €). El precio de la comida, como veis, es asequible (aunque los platos no son nada del otro mundo) pero te clavan en la bebida. Personalmente, no sería un restaurante que yo recomendaría.

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Ensalada mixta y sardinas
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Pollo al piri piri

Tras el almuerzo y un baño en la playa con unas enormes olas, volvimos a Lagos para un último paseo por el pueblo y cena. Esa noche nos apetecía salir de la comida típica y cenar en una pizzería. Elegimos la pizzería Giovanni, especializada en pastas, pizzas y burguers según rezaba el letrero. Decidimos probar todas las especialidades y pedir un plato de spaguetti a la carbonara que estaba riquísimo, una pizza Diavola (con piri piri) muy buena y una hamburguesa con bacon que no nos gustó nada. Todo ello acompañado por tres bebidas (dos botellas de agua y un Nestea), por 33,25 €, bastante bien de precio.

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Cena en restaurante Giovanni

Día 4: Vuelta a casa

Para aprovechar el viaje de vuelta decidimos hacer una parada en Faro, ya que nos pillaba de camino (a una hora de Lagos), para visitar la Iglesia del Carmen (Igreja do Carmo) y en particular la Capela dos ossos (Capilla de los huesos). No es tan famosa como la situada en Évora, pero merece la pena visitarla por la curiosidad de su estructura, formada íntegramente por los huesos de unos 1000 monjes carmelitas.

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Capela dos Ossos

Y hasta aquí llegó nuestro viaje por el Algarve, espero que os haya servido de ayuda para planear el vuestro.

¡Un saludo y espero que nos leamos pronto!